Lógicas despiadadas

Por Ana Arriza.

Acaba de iniciar el receso invernal. Las vacaciones de invierno fueron siempre la oportunidad de niños y docentes de hacer un alto, un descanso en la carrera de lecciones, tareas y notas. Para algunas familias, se convertían en una complicación de horarios laborales; para otras, una tregua en las mañanas en que el frío duele, los autos no arrancan y los guantes no alcanzan para defenderse de las heladas. Fueron organizadas para cuidar el crecimiento económico, cuando se podía pensar en el turismo, y -también- la salud comunitaria cuando se lograban reducir los contagios en la temporada más fría del año.

Esta vez, el escenario social, político y sanitario resultó tan impensado que cuesta distinguir cuáles -si acaso alguno- de todos esos aspectos siguen apareciendo. El cierre del primer periodo del ciclo escolar llegó acompañado de protocolos, reclamos y muchas voces que difícilmente entran en diálogo.

Cuando hay un diálogo verdadero, ambos lados están dispuestos a cambiar.” Thich Nhat Hanh

Los docentes organizaron movilizaciones virtuales y “apagones tecnológicos” intentando hacer visible cuánto, de lo que debería garantizar un sistema con acceso universal a la educación, depende de buenas voluntades y sacrificios personales, cuánto de lo que se logra se hace apelando a un compromiso vocacional que rara vez es valorado -no sólo desde las políticas públicas- sino de la sociedad misma.

Para muchas familias con niños en edad escolar, que ordinariamente llegaban a la fecha haciendo chistes, tras meses de hacer una tarea para la que no fueron formados y conciliarla con exigencias laborales o con apremios económicos, este impase los encontró creyendo -por primera vez- que se trataría de un descanso para ellos mismos.

Los funcionarios, a su vez, lo alcanzaron dedicando numerosas y extensas jornadas para prever protocolos. Protocolos completamente necesarios y difícilmente realizables cuando hablamos de escuelas y jardines. Protocolos que siguen una lógica indispensable de prevención, una lógica que busca resguardar la salud pero da por tierra con los modos de habitar la escuela que conocemos.

No cabe duda de que es necesario mantener distancia, pero es igualmente necesario abrazar a un niño que llora. Es necesario usar los protectores y máscaras, pero igual de imprescindible hacerse oír y llegar desde el gesto a quien se quiere cautivar con una historia. Es necesario retomar las clases, garantizar el derecho a la educación que es deber de un estado, resguardar las cuotas con las que la educación privada sostiene empleos, como también es necesario que sigamos pensando que el saber nace del aprendizaje colaborativo, de la interacción de unos y otros.

Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción.” Paulo Freire

¿Qué adulto será el niño al que hoy mantenemos a distancia, al que retemos por pararse a preguntar? ¿Cómo pensarán aquellos que no recuerden ser saludados con afecto, que crezcan sin manchas, ni escondidas, ni partidos de fútbol? ¿Qué resultará de todos los que encuentren un ambiente aséptico en la escuela que antes era su refugio? Y qué resultará de ellos si no vuelven a la escuela siquiera.

El trato que se le da a los niños es el que ellos luego darán a la sociedad.” Karl Menninger

Este desafío no tiene una solución lógica: implica resolver una tensión feroz entre una necesidad sanitaria, educativa y laboral eminentemente práctica y conservar los modos trascendentes con los que se educa a la niñez, para que -cuando las vacaciones de invierno terminen- el retorno clases sea posible pero también deseable.


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