Piel con Piel.

Por Ana Arriza.

Vivimos un tiempo de pantallas incesantes, en el que la moda y la imagen establecen los criterios de muchas elecciones y la vida transcurre custodiada por los ojos y recreada por los oídos –en el mejor de los casos- cuando la música es nuestra compañía diaria.

Pero hubo una edad, al inicio de nuestras vidas, en la que el mundo entero nos entraba por la piel. Incluso los que no tuvimos en ese instante la contención y la calidez de una caricia maternal, contamos seguramente con las manos diestras de aquellos que limpiaron nuestra piel y nos cubrieron el cuerpo recién llegado, para asegurarnos calor.

Muchas veces la conciencia olvida lo extensa que es nuestra piel.

La pandemia trajo nuevos aprendizajes y rutinas. Empezamos a usar los codos para saludarnos y aprendimos -como si fueran nuevas- las costumbres de las abuelas de lavarse las manos frecuentemente. Empezamos a descalzarnos al entrar a casa como los orientales y a sanitizar ambientes como si fueran quirófanos. Las casas se llenaron con ecos de “no tocar”: no tocar las llaves, no tocar las compras, lavar la ropa de calle, los anteojos, los barbijos. Seguridad versus Piel. Y, sabiendo que la seguridad es prioritaria, nos adaptamos. Nuestros cerebros son asombrosamente capaces de adaptarse. Pero la piel no. La piel pasa factura y grita la necesidad.

Por primera vez para muchos, nuestra piel sintió algo parecido a la añoranza. La añoranza del abrazo, del apretón, de la caricia; el contacto elegido y el fugaz. Extrañamos el beso de la familia, la palmada en la espalda, el roce de los dedos al pasar el mate, el hombro con hombro en el frío, hasta el empujón torpe del amigo. La cercanía, el contacto mismo.

Cada mensaje de texto recibido del amor geográficamente distante se tradujo en escalofríos que surcaron la espalda. Cada video llamada con la familia, que se encuentra distanciada, terminaba con la promesa de encuentros imposibles, colmados de mimos y caricias imaginarias.

Por primera vez para muchos, nuestra piel sintió algo parecido a la añoranza

Y la piel se nos llenó de desazón y de congoja, cada vez que el torpe intento (aprendido) de un abrazo se encontraba con un codo extendido, a manera de despedida. La sensación de ausencia, de lejanía se multiplicó en cada contacto trunco que nos obligó a alejarnos con “la resolana bajo la piel”, como escribió el poeta.

Pero el cuerpo tiene memoria. Aún cuando las evocaciones se borronean, cuando los recuerdos se van gastando, el cuerpo todavía sabe. La piel guarda intactas todas sus vivencias. Y, sin importar cuánto tiempo pase hasta que recuperemos la tan ansiada libertad, la anhelada cercanía; ella estará lista y dispuesta para volver a sentir esos contactos más íntimos -al estilo nuestro- donde un abrazo y un beso sella cada encuentro, y la llegada y la partida se celebran piel con piel.


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