Prototipos del ´30: Las famosas “Catangas de carreras” de los años 70

Día jueves. Bien entrada la noche. La actividad, teñida de una mezcla de excitación y expectativa, parecía no finalizar en la mayoría de los talleres del Valle Medio. En los galpones iluminados con focos incandescentes -que casi siempre eran insuficientes- y con pisos y mesas manchadas de grasa y aceite de motores, se agolpaban los entusiastas seguidores de los distintos pilotos que, el domingo, disputarían la siguiente fecha del campeonato de “catangas” que concitaba la atención de toda la región.

En la medida que se acercaba el momento de la carrera, la intensidad de la labor crecía, alimentada por la pasión de los fanáticos que se arrimaban a “colaborar con la peña” y, a menudo, se extendía hasta altas horas de la madrugada – asado de por medio- , atormentando a los vecinos con el tronar de los motores que, como era habitual en esa época, se “afinaban” gracias al oído virtuoso de algún experimentado mecánico que, para cumplir con ese ritual, acercaba su cabeza al motor y desde una palanca ubicada en el carburador, lo aceleraba al límite de sus posibilidades, mientras giraba la tapa del distribuidor.

Era todo muy vocacional, pero los resultados eran magníficos. El espectáculo lograba concitar la atención de toda la región convocando a toda la familia a una verdadera fiesta del fin de semana, cada vez que la categoría se presentaba. Se habilitaban periódicamente nuevos circuitos que ampliaban la propuesta y se extendía a buena parte de la provincia. Esto incentivaba las rivalidades entre los pilotos locales y “los de afuera” que venían a disputar la localía y tratar de llevarse, como visitantes, alguna copa o algún trofeo que siempre eran de gran tamaño y de muy buena calidad.

Con motores muy potenciados, ruedas angostas y chasis y carrocerías altas y caseras, eran bastante frecuentes los accidentes. Choques y vuelcos solían ser muy espectaculares y generaban una enorme sensación de temor y peligro, que se acentuaba por la poca seguridad con que contaban los vehículos (apenas un cinturón de seguridad y una barra antivuelco que pocas veces servía de algo) y por el hecho de que la cabina abierta permitía ver el casco del piloto que se movía golpeándose contra los lados, mientras el auto giraba por el aire. Afortunadamente, la mayoría de las veces, todo quedaba en un susto.

A la luz de estas carreras, se hicieron muy conocidos algunos apellidos de pilotos y mecánicos que aprovechaban esta actividad como una forma de promocionar su actividad y consolidarse profesionalmente. Nombres como Cavanna, Carcioffi, Hernalz, Castellina, Svampa, Ascorti, Morón, Ríos y muchos más quedaron, para siempre, muy vinculados al deporte automotor de la zona. Otro tanto sucedió con los sobrenombres con los que solían «bautizar» a los autos de competición ( «La avispa», «La laucha blanca» o «El Saltamontes» fueron algunos de los apodos que se usaban)

En esas carreras, no faltaban las acciones promocionales, por parte de las concesionarias de autos de la zona o incluso de ciudades más alejadas, que aprovechaban el público convocado para presentar los nuevos modelos de vehículos cero kilómetro. En esas pistas se vieron circular, por primera vez en nuestra región, verdaderas joyas automovilísticas como la coupé GTX (Junto al nuevo Coronado y el Polara de Dodge), el Chevrón (versión ultradeportiva del Chevy SS) y el último modelo de Torino -marca emblemática de Industrias Kaiser Argentina (IKA). Estos y muchos otros eran presentados por las firmas La Plata Ruca Malén de la familia Urzaiz, por la empresa Sanchez y Contreras o por Carcioffi, Acejo y Carella que, por entonces, eran los comercios más importantes dedicados a la compra-venta de autos. Incluso la concesionaria Pirri, Siracusa y Tormena, recién afincada en Choele Choel, presentó sus nuevos tractores en uno de estos eventos deportivos.

Las “catangas” eran autos de carrera descapotados y con las ruedas descubiertas, al estilo de los vehículos en los que competía Juan Manuel Fangio –ídolo indiscutido de los amantes de los fierros- y que tenían como condición que los motores a utilizar debían ser de la década de 1930 (de ahí su denominación de “Prototipos del ´30″). Los diseños eran muy personalizados en cuanto a las formas y estilos de sus carrocerías.

Esto convertía al espectáculo en algo muy atractivo visualmente, aunque las pistas de tierra compactada que, con el transcurrir de las vueltas solían volverse muy polvorientas, muchas veces conspiraban con el viento convirtiendo el lugar en una nube de polvo. Nada de ello parecía importarle a los fanáticos que –estoicos- permanecían a la vera del circuito hasta el final de la carrera, festejando con las bocinas de sus propios autos (ubicados peligrosamente cercanos al trazado) los logros de sus héroes locales.

 

, ,