12/11/2023

"Un vermout ejemplar" por Juan José Vázquez

"Un vermout ejemplar" por Juan José Vázquez

Esto surge de recordar momentos, instantes, detalles que inspiran, que muestran un camino sin forzar nada, sólo con el ejemplo, simplemente siendo… yo lo titulé: "Un vermout ejemplar".

No se dejen llevar por los primeros párrafos, denle tiempo a madurar a estas letras, porque tal vez les pase lo mismo que a mí.

Cuando era un joven adolescente con 14 o 15 años yo me entreveraba con los adultos y veteranos del club jugando a la pelota a paleta, sí, ese deporte del frontón y la pelotita negra que pica mucho.

Pero no sólo jugaba, sino que iba madurando, en el juego y en muchos otros aspectos, aprendiendo diversas cosas y de diferentes maneras.

Mi viejo era conserje y cantinero de la cancha y entonces yo me pasaba muchos de mis ratos libres ahí adentro. Sinceramente he disfrutado muchísimo la vida dentro del Club.

Si faltaba uno, ahí estaba firme como rulo de estatua y predispuesto jugar de lo que sea, yo lo único que quería era jugar. Y así de a poco me fui ganando el cariño y el respeto de los grandes.

Entre ellos, particularmente estaba él, un descendiente alemán de dientes grandes y sonrisa contagiosa que concurría 1 o 2 veces por semana con su grupo de pelotaris religiosamente, con un singular parecido a Roger Waters y los brazos largos que culminaban en unas manos rústicas.

Entre tantas otras cuestiones como su paciencia particular y su andar cansino fue quien me enseñó y mostró cómo se debe preparar un Vermout con dedicación, la clave (me explicaba él) era el orden de los ingredientes, las cantidades, pero sobre todo el estilo y las mañas de los detalles a tener muy en cuenta. Ese era el toque distintivo.

La ceremonia que sucedía luego de jugar y picada de por medio, era agarrar el típico vaso liso trago largo, ponerle un chorrito de fernet que cubría levemente el fondo del recipiente de vidrio, casi con el mismo espesor que el vidrio del culo del vaso; acto seguido un chorro de soda que necesariamente debía ser de sifón con buena presión de gas para lograr el efecto deseado, esto era ni más ni menos que generar una espuma voluminosa de la popular bebida amarga y ahí sí, con paciencia y delicadeza artesanal, agregar el Cinzano, vertiendo el líquido pacientemente para mantener la altura de la espuma mientras se ocupaba el volumen del vaso lentamente al incorporar la bebida por el centro geométrico de su circunferencia.

Cuando la espuma empezaba a asomar por encima del borde y se arriesgaba a caer al abismo era el momento indicado que señalaba la inminencia para darle el espontáneo primer sorbo y ahí mismo dar lugar a la muestra de disfrute al jactarse con una AAAAAHHHH que le dejaba una rebaba de espuma sabrosa en la comisura superior del labio.

Y ahí nomás lo volvía a completar con un toque sutil de soda.

Ahora ni piense usted que él me incitaba a beber, simplemente yo disfrutaba tanto como él esa muestra de pasión y placer para con algo tan sencillo, esa ceremonia sagrada que no podía nunca sufrir de apuro.

Es que lo sencillo tiene lo esencial para lo elucubrádamente majestuoso, conlleva la base de los grandes placeres.

Lo que más tarde supe fue que con esas sonrisas, esos detalles simples me estaba dejando una enseñanza maestra. Yo era de renegar y putear cuando algo no me salía, era mi forma de descarga, porque practicaba mucho y cuando algo no me salía renegaba un poco bastante.

Y él me atajaba enseguida y me decía con su característica sonrisa dentada, déjate de joder Piru, no te hagas mala sangre y divertirte que jugás hermoso. Me apoyaba la mano en el hombro y me calmaba, lo hacía cuando jugaba conmigo o incluso cuando jugábamos en contra.

Con esas y otras frases, pero sobre todo cuando yo me quedaba mirando como preparaba su aperitivo favorito, me dejó entrever con un mensaje subliminal que hay que disfrutar de las cosas cotidianas, que hay que tener paciencia y dedicación, que hay que rodearse de amigos, que hay que tener delicadeza y motivación al servicio de lo que uno disfruta, que decir un par de pavadas y reírse de boludeces le dan sentido verdadero a esos momentos tan especiales de la vida, que calman la vorágine, que destierran los pensamientos dañinos.

Hoy lo miro en retrospectiva y me gustaría aprovechar la ocasión para agradecerle tantos lindos gestos, tantas enseñanzas no forzadas que dejó que maduraran en mí, su afecto sincero, sus chistes tan particularmente absurdos y el haber compartido, como otros tantos, ese siempre mágico lugar de encuentro que fue el club de mis amores.

Este es mi sencillo homenaje a ese gran hombre que además, como si lo anterior fuera poco, es el padre de un amigo.

Todas esas enseñanzas, si bien no las pude visualizar inmediatamente,        se desarrollaron como se desarrolla cualquier habilidad que uno pretende tener a través de entrenamiento y ejercicio y para lo cual es mucho más sencillo poder desarrollarla cuando se parte de una base de sustento, conocimiento y experiencia, tan buena como la base de ese VERMOUT EJEMPLAR.

En agradecimiento a Juan Carlos Tisberger, el entrañable y querible alemán amigo…

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