Lecturas y lectores: "Mientras ella riega sus rosales" por Aída Arias
La observo desde lejos, conmovida por la paz que transmite. Es una de esas escasas ocasiones en que su faz queda plena y serena, como la de una tortuga anciana, y se le aclaran los ojos ya grises. Un atisbo de sonrisa la ilumina; no importa que sea otoño y los días hayan comenzado a achicarse. Sus plantas la rodean mientras ella, con su cuidadosa mansedumbre, pisa hojas secas y retira ramas que ya no florecerán. Hubo un tiempo en que su jardín se pobló de fantasmas; entonces se encerraba y dormía todo el día, afligida por su corazón cansado y esa indiferencia que le atormentaba el alma. Fueron años de mucha soledad, tantos que cuando cayó en la cuenta, su cabello estaba irremediablemente gris y los pies le pesaban. A su pesar, volvió a la vida, no supo bien cómo, tal vez aguijoneada por esos nietos que la necesitaban a la hora de tomar la leche y hacer los deberes. Si imaginan que hubo algún otro hombre en su vida, están equivocados; su corazón latió hasta marchitarse por un único amor, que tal vez nunca supo lo que no había podido decirle nunca: que él había sido su única razón de vivir. Que ni los hijos ni los nietos ni sus plantas ni las labores ni la lavanda ni el té inglés pudieron sanarla de aquella pérdida. Hubiera dado todo lo que tenía, y más, por recuperarlo a su lado: su sonrisa, su calor, y hasta sus mentiras. Habían surcado media vida juntos, y de repente... ¿qué había sucedido? ¿Cómo era posible que él dejara de cumplir con los sueños pactados? Nunca pudo entenderlo, ni aceptarlo. Se pegó a su casa y su jardín como si ya no le quedara más nada en el mundo. Almidonó manteles, resguardó sus copas de cristal y sus cubiertos, le rezó a todas sus vírgenes y tembló cada invierno en que no tuvo sus brazos. Ya nada volvió a ser lo mismo, ni siquiera cuando pasaron tantos años como los que había vivido a su lado. Siguió siendo bella y elegante, tan fuera de lugar en nuestro pequeño pueblo árido; pero supo mantenerse erguida y fuerte todo lo que pudo. Cada tanto, muy cada tanto, algún niño que llegaba le robaba una risa corta, que escondía rápidamente... y eso fue todo. Se le habrán quedado unos cuantos sueños en agua de borrajas, pienso, mientras su paso cansino de vieja gata la traslada por su jardín invernal. La época en que más frío hace; ella la detesta. Por eso se pone a tejerme unas medias y se prepara una polenta abundante, que le permite desentumecerse. La observo; una ocupación que me lleva varias horas al día, mientras estudio o escribo, y ella, silenciosa, está ensimismada en sus mil pequeñísimos quehaceres cotidianos. Sabiendo, de antemano, todo lo que voy a extrañarla cuando haya partido. Choele Choel, mayo de 2017 (*) * Escritora, profesora de Historia; trabajó en el CEAER (Centro de Especialización en Asuntos Económicos Regionales y en el ESRN Nº 47