"Fue puro coraje": el desafío de producir frambuesas y moras en el Valle Medio
Con esfuerzo, aprendizaje y una fuerte decisión de vida, Gabriela Romero eligió cambiar el rumbo. Tras 16 años de trabajo en la Cooperativa Obrera, decidió renunciar para acompañar a su padre y apostar por un proyecto productivo propio en la chacra familiar, ubicada en la Colonia de Ruso, cerca del Matadero de Beltrán, en la ciudad de Choele Choel.
“Cuesta, pero estoy re enchufada”, resume Gabriela, quien explica que su salida de la Cooperativa estuvo motivada por una necesidad personal y familiar. “Mi papá estaba solo en la chacra y, si seguía donde estaba, no me veía jubilada ahí. Presenté la renuncia para poder estar más con él”, cuenta.
La chacra cuenta con cinco hectáreas donde su padre ya tenía animales, nogales y producción de verduras. También había intentado con plantas de frambuesa, aunque sin resultados. Con experiencia adquirida trabajando en el área de Producción del Municipio —donde aprendió sobre el manejo del sector— Gabriela decidió intentarlo nuevamente. “Le dije a mi papá que iba a probar, que iba a aprovechar el espacio”, recuerda.
El proyecto comenzó con 300 plantas de frutilla, 20 de frambuesa y 5 de mora. No fue fácil. “No le agarraba la mano a nada. La frambuesa necesita mucha atención”, explica. A esto se sumó un momento difícil: la internación de su padre, lo que provocó la pérdida total de la producción. “Fue un golpe duro, la pasamos mal”, reconoce.
Pese a las dificultades, Gabriela no bajó los brazos. En 2024 retomó la producción con una escala más chica, apostando nuevamente a la frambuesa. “Tenía que aprender con poca cantidad”, señala. Junto a su pareja, y su padre, Julio Romero, mecánico, decidió invertir nuevamente y comprar cerca de 300 plantas.
La producción se realiza de manera agroecológica, lo que implica nuevos desafíos. Con el asesoramiento del INTA, identificó plagas que afectaron parte de la cosecha. Además, el clima juega un papel clave: “La frambuesa se da mejor en el sur, como en El Bolsón. El calor las estresa, te quema la planta y necesitan mucha agua”, detalla.
A pesar de todo, Gabriela sigue adelante con un objetivo claro: producir, transformar y compartir. “Lo que yo quiero es tener la chacra, estar con mi viejo, que la gente pueda venir, recorrer, disfrutar de una mermelada hecha con nuestros productos”, afirma. Para eso, sabe que es fundamental capacitarse y cumplir con las habilitaciones necesarias para elaborar mermeladas y jugos.
“Busco productos que no son tan comunes, sabores distintos. La gente tiene que animarse a probar”, sostiene. La comercialización, agrega, hoy pasa en gran parte por las redes sociales, que generan demanda y visibilidad.
“Fue puro coraje”, resume Gabriela. “Aprendí mucho y sigo aprendiendo. A veces te cansás, pero vale la pena”. Con el acompañamiento permanente de su padre, que nunca imaginó verla trabajar la tierra de esa manera, Gabriela proyecta un futuro ligado al turismo rural y la producción local, apostando a la chacra como un espacio de encuentro, trabajo y disfrute.