22/07/2023

Lecturas y lectores: "Siete rosas más tarde" de Aida Arias

Lecturas y lectores: "Siete rosas más tarde" de Aida Arias
Lecturas y lectores: "Siete rosas más tarde" de Aida Arias

A un paso de la calle, la ayudó con el abrigo, que amenazaba con resbalársele. Ella hizo un gesto casi brusco y volvió a acomodarlo sobre sus hombros, aprovechando también para deshacerse de su brazo y de su ayuda. Lo miró a los ojos con rabia, no pudiendo perdonarle que ya no la amara.Caminaron juntos hasta la parada del colectivo. Él se hubiera ofrecido a llevarla, pero temió el no que estaba a la puerta de los labios femeninos. Le hubiera gustado alcanzarla hasta su casa en las afueras, ayudarla a bajar del auto, abrirle la puerta como en otras épocas, y como en otras épocas, acomodarle las compras en el sillón de la entrada. Nada de todo eso sería ya posible.A ella le hubiera gustado que él la tomara del brazo y la obligara a cruzar la calle corriendo, como antes, cada vez que anhelaba sorprenderla. La ciudad, descarnada, se había ido comiendo todos esos maravillosos pequeños instantes de felicidad. Los brazos de ambos, solitarios, colgaban a sus costados, mientras incómodos recorrían las cuadras hasta la parada.Ella tropezó con una baldosa floja, él intentó sostenerla pero volvió a encontrar su mirada helada, que la hacía parecer más ajena aún. Se miraron otra vez, sin encontrar las palabras ni la caricia que hubiera hecho falta. El milagro.Ella intentó sacar una conversación cualquiera mientras llegaba el colectivo. Él contestó distraído; no podía encontrar la hora exacta en que ambos se habían perdido, en el medio de esa ciudad atormentante. Supo que había sido hacía demasiado tiempo, porque ya no podía recuperar el olor majestuoso de esa piel de antaño.Ella no pudo reconocer el tacto de esa mano fría con la que él, más triste aún, intentó acomodarle un mechón de cabello y rozó su mejilla. Él retiró la mano, avergonzado, y así mismo, bajó la mirada. No encontró qué más decir.Ella buscó dentro de su cartera la tarjeta para subir y no la encontró. Se odió por ello. Le dolía la cabeza, le ardían los ojos por tanto esfuerzo para no llorar.Cuando logró subirse al micro, que ya aceleraba, ella levantó la mano y se sostuvo del travesaño, con miedo de desvanecerse. Él ya era un soplo de luz fría, más allá de la esquina.Él volvió hasta su auto caminando despacio. No podía encontrar la llave, y se quedó varado frente a un quiosco, pensando cómo hacer para volver.Sólo cuando logró abrir la puerta, sentado frente al volante, encontró las rosas que no había sabido cómo entregarle. Y entendió que ya no existía el modo de volver atrás. * Escritora, profesora de Historia; trabajó en el CEAER (Centro de Especialización en Asuntos Económicos Regionales y en el ESRN Nº 47