12/10/2025

"Desnudó a los policías y los obligó a lavar los platos": la historia de la bandolera inglesa que vivió en Choele Choel

Vivió en Choele Choel durante los primeros años, antes de mudarse a la isla de Chelforó. Su vida fue una colección de historias cinematográficas.
Elena Greenhill Blaker
Elena Greenhill Blaker

El paso de Elena Greenhill Blaker por la Patagonia es una de esas historias que despierta fascinación y asombro, y uno de los capítulos más intrigantes de su vida tuvo lugar en Choele Choel.

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Elena nació en Yorkshire, Inglaterra, en 1875, y a los 15 años emigró junto a sus padres y cuatro hermanos hacia Chile. Cuatro años después, se casó con Manuel de la Cruz Astete, un comerciante chileno que le doblaba en edad. Las crónicas lo describen como un hombre apuesto, pero conocido por sus negocios poco claros, que solía moverse a ambos lados de la cordillera.

Junto a Astete, Elena se trasladó a la Argentina, y según investigaciones del historiador Francisco Juárez, vivieron en Choele Choel durante los primeros años, antes de mudarse a la isla de Chelforó, donde se dedicaron a la cría y engorde de ganado. Sin embargo, el destino de su vida cambiaría trágicamente en 1905. En una tarde de enero, Astete salió a arrear ganado hacia Chile y nunca regresó. Su cuerpo fue hallado a un kilómetro y medio de la casa, con la cabeza destrozada a piedrazos. La policía local acusó a Elena de instigar su asesinato, argumentando que ella había enviado a su amante a matarlo.

Elena, sin embargo, evitó la cárcel gracias a la gestión de Martín Coria, un abogado y experto en leyes, muy bien relacionado con el poder. Coria, hijo de conocidos estancieros de la zona de Carmen de Patagones, logró demostrar que el verdadero culpable había sido un peón de la familia, con quien se rumoreaba que Elena mantenía una relación amorosa. Tras la absolución, Coria se convirtió en su segundo esposo y, sorprendentemente, el policía que investigó el caso fue el padrino de su boda.

Para ese entonces, Elena Greenhill ya era famosa en la región por su habilidad con las armas, su puntería mortal y su reputación como mujer audaz que no dudaba en apropiarse de lo ajeno. Se decía que vestía como hombre y tenía una personalidad fuerte, capaz de doblegar a cualquiera que se le pusiera por delante. Junto a su nuevo esposo, Martín Coria, instaló un almacén de ramos generales en el paraje Monton-Niló, en la provincia de Río Negro, donde se dedicaron a la compraventa de hacienda, la crianza de ovejas y, por supuesto, a robos y estafas. Se afirmaba que vendían ganado robado y que no solían pagar a sus proveedores.

Elena se convirtió en leyenda cuando, en la cercana Telsen, se presentó una denuncia por robo de ganado en su contra. Un grupo de 15 hombres, comandados por el comisario Calegaris, salió a su captura, pero el comisario local, Altamirano, también se sumó a la operación. La rivalidad entre Altamirano y Elena tenía un origen personal: el comisario había descubierto tiempo atrás que el misterioso forastero al que le tintineaban las espuelas de plata chilena al caminar, era en realidad una mujer de largos cabellos rubios, vestida como hombre y armada con un Winchester.

En aquellos tiempos, esto era una verdadera afrenta para los machos de la Patagonia. Se cuenta que el comisario Altamirano persiguió a Elena hasta la pulpería, donde, en un intento de humillarla, ordenó que le proporcionaran “urgente” una falda a la dama. Sin embargo, Elena no prestó atención a sus provocaciones y siguió con lo suyo. Eso quedaría grabado en su memoria.

Cuando la policía intentó rodear su almacén, fueron recibidos a balazos. Tras un largo tiroteo, apareció una bandera blanca en una ventana del almacén y un peón salió a parlamentar. El comisario Altamirano y su ayudante se adelantaron para quedarse con el mérito de la rendición, pero el peón que apareció resultó ser sordomudo. Mientras Altamirano intentaba comunicarse con él, Martín Coria, el esposo de Elena, se unió a la negociación. Todo era parte de una trampa ideada por “La Inglesa” para distraer a los policías.

Cuando los caballos se encabritaron sin razón aparente, Elena y su grupo, incluidos Carmen, una vecina, y otros hombres, salieron al ataque, apuntando a los agentes. Los policías, según las versiones, huyeron rápidamente, ya que “estaban flojos de municiones”. Elena, en un acto de venganza, hizo que los policías se desnudaran, mientras el sordomudo bailaba con el uniforme del comisario. Altamirano y su ayudante fueron obligados a lavar la vajilla vestidos solo con calzoncillos, además de firmar las guías de arreo que certificaban que el ganado de Elena era legal, el mismo por el cual la iban a detener.

Tras varios días de humillaciones, los policías fueron liberados. Sin embargo, la suerte de Martín Coria cambiaría. Poco después, fue encarcelado por haber torturado a un mapuche para que firmara el traspaso de las ovejas que él y Elena habían robado. Aunque salió en libertad, su salud se deterioró rápidamente y partió hacia Buenos Aires, donde murió en 1914.

Mientras tanto, Elena continuó su vida con otro bandolero, Martín Taboada, con quien se dedicó a robar ganado en Chubut para venderlo en Chile. Antes de emprender una nueva “recorrida”, dejó todos sus papeles en orden, asegurándose de que la documentación que acreditaba la titularidad del rancho y las tierras de Monton-Niló quedara a nombre de sus hijos.

Elena, conocida por su destreza con las armas, su capacidad para robar y su habilidad para coser, era también una mujer con un lado romántico. Se dice que gustaba de perfumar sus cartas de amor y ofrecer mechones de su cabello como prenda de pasión. Justamente, habría sido un despechado ex amante quien informó a la policía sobre sus movimientos.

La trampa tendida a Elena resultó en su captura. Cuando se dieron cuenta de la emboscada, intentaron huir. Martín Taboada logró escapar bajo una lluvia de balas, pero el caballo de Elena se desplomó, y ella quedó atrapada. A los 43 años, sin municiones, fue rematada con un tiro en la cabeza. Taboada fue capturado al día siguiente. El cerro volcánico cercano al lugar de la emboscada lleva hoy por nombre Cerro La Inglesa, en homenaje a una mujer que dejó su huella en un territorio y época dominados por hombres.

(Con datos de "La bandolera inglesa en la Patagonia” de Francisco N. Juárez; “Mujeres en tierra de hombres. Las primeras colonizadoras de la Patagonia” de Virginia Haurie; “La bandolera inglesa” de Elías Chucair)